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ESTUDIOS e INVESTIGACIONES

 

CUERPO DE MUJER EN SOCIEDADES URBANAS GLOBALIZADAS

AUTORA:
ALONSO VIDAL, MARTHA *
AMAI, ASOCIACIÓN MUJERES ARQUITECTAS E INGENIERAS

 

 

EJE TEMÁTICO:      Violencia y discriminación contra las mujeres

El presente estudio mereció la distinción MENCIÓN ESPECIAL en el Concurso Internacional convocado por el I Congreso Internacional y III Congreso Nacional sobre Género y Derechos Humanos de las Mujeres: “Políticas públicas, acceso a la justicia y equidad de género: Reflexiones y tendencias en el contexto nacional e internacional” celebrado en La Plata, Pcia de Buenos Aires, Argentina el 29 y 30 de noviembre, 2007, convocado por “Proyecto CEDAW-Argentina del Instituto Interamericano de Derechos Humanos –IIDH- y el Instituto de derechos humanos de la Facultad de Ciencias jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de la Plata

 


 

El presente análisis intenta describir, a través de la cultura de las ciudades, la conformación de los espacios público y privado desde lo urbano-ambiental observando cuál ha sido el modo de inserción de las mujeres en ellos y qué  tratamiento ha recibido el  cuerpo de mujer.

El tiempo circular o “tiempo de la vida y la naturaleza” terminó, según la moderna antropología, cuando los excedentes de la agricultura adquirieron valor agregado por la introducción del trueque. Esto ocurrió por el año 5000 AC conjuntamente con las primeras ciudades organizadas y conductas grupales marcadas por el dominio patriarcal, el exceso de guerras, la subordinación de las mujeres y prácticas, en gran medida, humillantes y aberrantes hacia el “cuerpo de mujer”, con algunas aparentes excepciones aisladas, que procuraron inhabilitarla para su desempeño en el espacio público. Este conjunto de prácticas dieron inicio a lo que numerosas opiniones consideran el “tiempo de la globalización” La globalización, entendida  como signo distintivo de la expansión capitalista, como  un proceso de transformación permanente en lo económico, social, cultural y científico, desarrollándose en la última parte del siglo XX el paradigma de la moderna globalización[1]

La ciudad constituye el mayor punto de concentración del poderío y de la cultura de una comunidad. Son “territorios espaciales” que acumulan e incorporan la herencia cultural y física de unidades más grandes, nacionales, regionales, etc. Junto con el idioma es la obra de arte mayor de la humanidad.

El urbanismo debe ser entendido como “un valor agregado a la conformación de las ciudades, ya que no es sólo una disciplina tecnológica sino cultural, creativa y resolutiva de los problemas de las personas”.

Los cuerpos también son “territorios” que se resignifican a partir de los discursos que operan en las narrativas cuyo sistema sexo-género se organiza en torno a la producción de poder.

El género podría definirse como Una construcción simbólica que alude al conjunto de atributos socioculturales asignados a las personas a partir del sexo y que convierten la diferencia sexual en desigualdad social. La diferencia de género no es un rasgo biológico, sino una construcción mental y sociocultural que se ha elaborado históricamente. Por lo tanto, género no es equivalente a sexo, el primer término se refiere a una categoría sociológica y el segundo a una categoría biológica”.[2]

El género como categoría de análisis puede ser aplicado a todas las dimensiones de nuestra vida social”[3]. De Barbieri explica que "…no hay acción social que puede escapar a la consideración que se realiza entre varón y mujer, entre varones o entre mujeres. Mujeres y varones, por otra parte, que pueden estar - o no- en la misma etapa del ciclo de vida. Lo cual nos permite sostener que el género, como dimensión social, está presente -de alguna manera- en todas o casi todas las relaciones y procesos sociales y en todos, o en casi todos, los objetos socialmente construidos y existentes [4]

Esta relación cuerpo-género dentro del espacio público urbano es el conjunto de disposiciones que una sociedad transforma en productos de la actividad humana. A su vez estas conductas andróginas y de asimétrico ejercicio de poder parecen aparentemente interrumpirse en el siglo IX, DC, que es cuando se funda la ciudad medieval, gobernada por autoridades locales surgidas de la sociedad civil, autónomas independientes del señor feudal y del príncipe de la iglesia; se “inventa” la moneda y se expande del comercio internacional.

Por entonces la población urbana era más homogénea, existían pocas diferencias de clase y de riqueza. La vida doméstica medieval tuvo carácter corporativo; en la casa vivían los/as familiares directos/as, los/as parientes secundarios/as y  trabajadores y trabajadoras bajo el mismo techo.

En la ciudad amurallada aún no se había producido la división territorial del trabajo en cuanto a la diferenciación entre fábrica, taller, oficina y casa-habitación. Estas funciones se daban en un mismo y generoso terreno y las ampliaciones cuando la actividad crecía, ocurrían por expansión hacia los fondos o jardines posteriores.

Todos comían juntos en la misma mesa, trabajaban juntos en el taller o fábrica, dormían en un mismo dormitorio separados por sexos, relegando el intercambio  sexual a la oscuridad del jardín o el bosque; rezaban y se divertían juntos. La castidad y la virginidad eran los estados ideales. La actividad erótica estaba sujeta a variaciones estacionales, con su máximo en primavera. La vida para esos cuerpos de mujeres fértiles era una sucesión de embarazos que las llevaban muy jóvenes a la muerte; de allí el enorme prestigio de la virginidad. La expectativa de vida era baja y se debía a la pobre alimentación, los inviernos rigurosos, el trabajo duro, la maternidad frecuente.

La hostilidad de los clérigos hacia el placer y hacia el cuerpo femenino conformó la opinión que se tenía de las mujeres, de acentuada misoginia, sólo útiles para parir o como trabajadoras, domésticas o rurales.

Una excelente política urbano ambiental hacía desconocido el hacinamiento; el grueso de la basura, materiales orgánicos fáciles de eliminar; el ruido inexistente sólo interrumpido por el martilleo de los artesanos o el sonido de los molinos de viento. El tiempo marcado por el tañido de las campanas  o por el devenir de amaneceres y atardeceres. La gente de la Edad Media estaba acostumbrada a vivir la mayor parte del tiempo al aire libre y las mujeres estaban incluidas en estas prácticas. Disfrutaban del ocio, del esparcimiento lúdico y del paisaje en el  espacio abierto. La calle estrecha y llena de vericuetos era la expresión del tejido urbano de relaciones,  una línea de comunicación lenta más que un medio de transporte y al no estar pavimentada se parecía a una granja o a un jardín, con escaso número de vehículos. En esas vías sin separación entre veredas y calzadas, sin urgencias ni velocidades se codeaban el rico y el pobre, tal como lo hacían en el mercado y en la iglesia. Aún no se había producido la destrucción del tejido urbano con separación de clases, que alcanza su máxima expresión en las ciudades contemporáneas. Pretendía no haber diferencias entre el espacio “privado”, propio de las mujeres y la servidumbre y lo “público” territorio de dominio masculino, dicotomía que caracterizó a las sociedades siguientes, pero existen testimonios sobre destrato y misoginia que contradicen lo anterior.

Arte y ambiente transitaban juntos este tiempo medieval. La provisión de  agua de consumo era una función colectiva, técnica y artística de cuidado del río y de hermosas fuentes públicas en calles y plazas, tarea a la que se le dedicaba todo el tiempo artesanal que demandara y en esos menesteres participaban las mujeres.

En apariencia, las gentes que conformaron las ciudades antiguas entendían “la vida y el tiempo”, como una defensa del bienestar ciudadano, en comunión con Dios, gestionando un “régimen” circular de respeto por la naturaleza y sus ciclos vitales, en el esfuerzo del trabajo duro, en un tiempo finito en la tierra pero largamente extendido en la certeza de la inmortalidad del alma. Y sobre todo en el diseño de una ciudad sin grandes asimetrías en la conformación de la trama y urdimbre del tejido social. Por ello algunos estudiosos/as consideran a este tramo de la historia urbana como una interrupción del tiempo andrógino y “productivo” voraz e impiadoso propio del capitalismo y de la globalización. Se trataba de un grupo humano desinteresado por el individuo, impensable dentro de esta sociedad comunitaria, que sobre lo temporal privilegiaba el derecho a la vida eterna.

Dice acertadamente Ana M. Fernández en “La Mujer de la Ilusión”: “La preocupación por el individuo, sea en el plano cotidiano, filosófico o científico –surge posteriormente con el desarrollo de las ciencias humanas- es una preocupación impensable dentro de las sociedades feudales. En las formas de ser del feudalismo no había lugar a ninguna pregunta sobre el individuo menos aún sobre el “cuerpo”.

El cuerpo femenino como representación de “vírgenes” u otras mujeres apenas si aparece en las artes de la época.  “Ese largo túnel medieval sólo dejó en la iconografía del siglo XII, el amoroso abrazo de María a su prima Isabel en la “Visitación” dice Marie Jo Bonnet. Bonnet, M.J. (Thesis) (1981) “Les relations amoureses entre les femmes du XVIIe au XXe siècle” Ed Odile Jacob; 1995.

Ya por entonces cabían las consideraciones en el ámbito de la representación del cuerpo femenino. Aparece la antigua idea de la existencia de un sexo único: el del varón, ante el cual la mujer aparece como un ser que se define biológicamente como “un no hombre”  [5]

Como excepción aparece la representación del cuerpo de Juana de Arco,  una y otra vez. Su cuerpo es martirizado y quemado; ella que vestía como varón, se comportaba como un hombre y mantenía la más absoluta castidad en su carismático cuerpo juvenil. Personificó el encarnizamiento que la sociedad hizo del cuerpo de las “brujas”, mujeres poseedoras de “poderes y saberes”. Varios millones de cuerpos fueron torturados y quemados durante tres siglos en un intento feroz de apropiarse de sus conocimientos, especialmente los sanadores y curativos.

Surge el Renacimiento como período notable en cuanto al dominio de las relaciones entre arte y sociedad. Introduce la noción de “espacio social”, señalando que las obras de arte no son simplemente símbolos sino objetos necesarios a la vida diaria. Pero el Poder y el Arte colocan al cuerpo femenino en un rol pasivo y dependiente impidiendo a la mujer reconocerse como un “otro”.

El “cuerpo de María”, virgen y madre sin conocer varón, repetido infinitamente en la pintura, tan celebrada por el pueblo, fue exaltada por el Poder como lejana, asexuada, sin género, como “no mujer” pero sí como madre virgen, con un himen intacto, mostrando una imagen difusa, híbrida, contradictoria y fragmentada. Pero hacia el 1600 el cuerpo de mujer empieza a mostrarse en su dimensión erótica; es en “Gabrielle d’ Ëstrées y su hermana desnudas en el baño”. (1584) Anónimo, Escuela de Fontainbleau. Y al inscribir esos cuerpos en el imaginario colectivo, se establece “que lo que está en el lienzo existe en el mundo”.[6]

En lo urbano, el estudio de la perspectiva tiró abajo la muralla de la ciudad medieval y  abrió grandes avenidas, vías militares para luchar contra la guerrilla urbana, el sindicalismo y las grandes masas de pobres. También para satisfacer el placer de recorrerlas en lujosos carruajes a gran velocidad. La sociedad anhelaba el transporte rápido y la conquista de espacio como expresión de poder universal; se instalaba el espíritu masculino de dominación de tiempo, espacio, naturaleza y sociedad, otra expresión de la antinomia entre femenino y masculino, que tanto dolor ha traído a la humanidad.

El desfile espectacular tuvo su contrapartida femenina en el desfile ante las tiendas. El ritual del espectáculo superfluo absorbió todas las energías para vivir. El gastar más,  era más importante que el gastar suficiente. El nuevo patrón del mercado: la “moda”. Los cuerpos de las mujeres, se ven realmente mortificados para satisfacer la mirada masculina que el patriarcado imponía, además de distraerlas de los asuntos de significación política. Y es “un otro” ajeno el que construye y define el cuerpo de mujer y funda uno de los negocios más formidables, “la moda del vestido”, que visualiza la pertenencia de los cuerpos a una determinada “clase” ahondando en la destrucción del tejido social.

Comienza en las ciudades, en el siglo XVIII, el hacinamiento, la pérdida del “verde”, la especulación en tierras y los graves problemas antrópicos.  Aparece la ciudad barroca al tiempo que se da la conquista de América, la creación de un primer mercado mundial y con ello lo negativo de la globalización: autoritarismo, desigual distribución de la riqueza, capitalismo inclemente. También comienza a introducirse en el imaginario colectivo el concepto de “el tiempo como dinero”, tanto en la estructuración de los procesos productivos, como en el comercio a distancia e incipientemente en la gestión de la economía mundial. Una nueva divinidad exigía veneración: “el tiempo es oro”; “time is money”.

La comercialización del tiempo vital es eficaz en el proceso de producción y el nuevo orden produce la separación del tiempo de trabajo del tiempo privado. Fue el paso decisivo para el establecimiento de un orden social plenamente capitalista que convirtió a gran parte de la sociedad en “masa productiva”. Y ello incluyó a no sólo a los varones sino también a mujeres y niños y niñas.

El primer cambio que destruyó la forma de la casa medieval fue el sentido del aislamiento para dormir y comer, para el acto religioso y el sexual,  marcando el nuevo alineamiento de clases, así como una nueva consideración para el cuerpo de mujer.

 El tránsito de la casa feudal a la familia burguesa no es una cuestión sólo de la historia de la vida cotidiana sino que puntúa tránsitos claves desde las relaciones de producción hasta la constitución de subjetividades, se acentúan la intimidad, la individuación, las identidades personales...etc.” dice Fernández, A. op. cit

En lo doméstico, un uso distinto del código de modales eróticos dio lugar al dormitorio privado, que con la calefacción y los espejos transforman los rituales del amor. La exaltación de los sentidos, potenciada por una mejor alimentación y el uso del alcohol y de perfumes y mejores condiciones de habitabilidad debido al confort de los cuartos interiores, -la existencia de calefacción, etc.-, cobra en el bello cuerpo de mujer su ícono más preciado. La coquetería y el galanteo eran el contrapeso de la rutina y un ambiente de erotismo, a veces romántico, otra brutal, invade la casa. Se perfila la familia nuclear y el rol de la mujer subordinada al poder androcéntrico  del padre de familia.

Las acciones privadas del dormitorio se extendían al jardín, a la casa de verano, al templo del amor o al laberinto de cercos vivos, donde las parejas aristocráticas se amaban, y donde todo tipo de violaciones y abusos  sobre los cuerpos de las mujeres fueron cometidos en ejercicio de poder. Sigue desarrollándose una moral de hombres, donde el cuerpo de la mujer es un objeto al que hay que disciplinar o educar o del que hay que abstenerse cuando pertenece a otro hombre.

El desarrollo de una moral de las relaciones conyugales con roles definidos en cuanto al comportamiento sexual de marido y mujer de tanta importancia para la moral cristiana se dio lentamente  a lo largo de un proceso histórico y a pesar de  grandes resistencias consiguió instalar el modelo cristiano de matrimonio y su desigualdad contractual expresiva de dos modalidades sociales  diferentes: pública y privada, conformando espacios y producciones subordinados uno al otro, el de las mujeres  donde se generan las condiciones para la apropiación del capital cultural de las mismas y donde se produce la invisibilidad de su producción económica desarrollándose como un mundo subalterno privado de productividad y poder organizacional características de lo público, de generación y dominio masculino”.  Fernandez, A. op cit.

Dice Rosina Cazali, periodista guatemalteca, experta en arte, citando a Lynda Nead “que más que otro tema cualquiera, en la historia del arte occidental, el desnudo femenino y su erotización connota “el arte”. Es un ícono y símbolo de la cultura occidental. Resulta apropiado preguntarse cuál es la relación que se establece entre la obra de arte de ese desnudo mostrada en una galería y las que se producen en la cultura de masas” Lynda Nead; “Representación visual del cuerpo femenino en el arte y en otros medios contemporáneos de representación masiva”

Esa erotización la refleja la pintura de la época que busca exaltar la liberación sexual del cuerpo femenino.  Aparecen las primeras expresiones de lesbianismo. Francois Boucher pinta en 1742 su primera pareja de mujeres, “Diana saliendo del baño” exagerando la desnudez de los cuerpos. Su obra tiene un denominador común “la multiplicidad del tratamiento de la sensualidad del cuerpo de mujer”…Dice Marie Jo Bonnet, (op.cit.) “Las mujeres son objetos transaccionales del deseo masculino como lo son de intercambio entre familias en el matrimonio. Esta época introduce en la imagen el punto de vista de la mujer que permite salir del voyerismo”.

Arte, técnica y ambiente comienzan su divorcio que habría de prolongarse hasta el siglo XX. La mujer deja de ser “sujeto” del arte y presta su cuerpo” como “objeto”.

Llegamos a la ciudad industrial del siglo XIX -Revolución Industrial, invención de la máquina de vapor y Revolución Francesa- donde se intensifican las desigualdades sociales y cobra enorme importancia la administración de justicia en las ciudades según las normativas propias del “derecho”.[7] La base de este sistema era el individuo: “el ciudadano varón, blanco, heterosexual, propietario, educado, padre de familia, lo que excluía de hecho a  todas las mujeres además de gran parte de la humanidad”, al decir de Diana Maffía. [8] El deber del gobierno: consolidarles la libertad y asegurarles la “rentabilidad empresaria”.

El nuevo complejo urbano europeo estaba determinado por la fábrica y el “slum”, o “conventillo” de las ciudades de clima frío en condiciones de  habitabilidad y enfermedad indescriptibles, debido al hacinamiento, particularmente para mujeres y niños/as pobres debido al hacinamiento. Como contrapartida la mansión era la casa de las familias ricas pero en su interior reproducía las mismas mezquinas condiciones de habitabilidad del “slum”, con carencia de luz y servicios, pero dotadas de un costoso lujo visual. La familia nuclear se había instalado definitivamente así como la “degradación” de las mujeres carentes de todo derecho. Este proceso también degradó el ambiente, transformó ríos en cloacas abiertas, y anticipó efectos de la última globalización en términos de antropización y huella ecológica.

Pero el siglo XIX señala el momento histórico de la actitud reivindicativa de mujeres herederas de las que lucharon en la Revolución Francesa y fueron defraudadas por sus compañeros que las excluyeron del derecho de ciudadanía. Ponen literalmente “el cuerpo” para conseguir el derecho al voto. Son las burguesas, las proletarias, -las sufragistas- que querían derechos civiles y sociales.

Y el espacio público urbano comienza a llenarse de cuerpos de mujeres, obreras textiles, empleadas domésticas, gobernantas, prostitutas, asalariadas en general. También se incorporan como visitantes de los parques verdes, quizás la mayor contribución urbano-ambiental de la época a la que se acercan, incipientemente, las señoras burguesas. “Ellas” no pisaban la calle sino eran acompañadas por un varón adulto de la familia lo que hacía que sus cuerpos desconocieran el sol y el aire libre.

La familia nuclear se había instalado definitivamente así como la “degradación” del cuerpo de las mujeres por el destrato laboral, castigos, sueldos misérrimos, etc.

No obstante cobra importancia la pareja conyugal y la intimidad del hogar en detrimento de los espacios colectivos de la ciudad medieval. Pero esa “conyugalidad” continúa siendo la forma instituida del control de la sexualidad de las mujeres y de sus cuerpos, no sólo para determinar la descendencia legítima sino para producir su propia percepción de inferioridad”.  Fernandez, A. op cit.

El arte rompe convenciones e introduce plenamente el “erotismo”, enfatizando el tratamiento del cuerpo de mujer como “objeto”. El movimiento sufragista derivó en actos de desobediencia civil, ataques contra la propiedad, huelgas de hambre y manifestaciones masivas. El Poder trató de poner las cosas “en su sitio” catalogando “científicamente” a la mujer como un ser inferior. Pero la decisión de adueñarse de sus cuerpos y sus vidas sigue develando el fenómeno cada vez más explícito del lesbianismo, considerado por la moral victoriana como “pura aberración”.

El arte da cuenta de ello y aparecen parejas de mujeres y sus cuerpos semi desnudos  en la naturaleza, en baños y prostíbulos, todavía en controlados espacios cerrados. Jean Auguste Ingres en “El baño turco”, 1862 ofrece cuerpos desnudos en actitud pasiva para facilitar las fantasías eróticas del espectador.   En cambio Gustave Courbet muestra por primera vez, en toda su desnudez los cuerpos de una pareja de dos mujeres en “El sueño, Pereza y Lujuria”, 1866, renunciando a los cánones de belleza y moral tradicionales y cambia la visión del erotismo porque esos cuerpos expresan un clima amoroso de enorme carga emocional. Por supuesto, un escándalo en tiempos de Napoleón III.

Finalmente arribamos a la ciudad actual, la megaciudad que caracteriza el siglo XX y XXI, con profundos cambios, intensa renovación tecnológica y comunicacional, propias de la globalización contemporánea, aún sin haber hallado una forma urbana adecuada. La ciudad contemporánea existe en el país de los contrarios, la inseguridad, la marginación, la delincuencia, el abuso de la autoridad, los sin techo, la apropiación del espacio público por manos privadas, se entrelazan conformando el paisaje ciudadano. [9]

La “institución”  ciudad no logra componer  identidades homogéneas, entendiendo que la identidad urbana se construye en base  a la interacción con  múltiples otros/as. La promesa globalizadora  anunciaba que gracias a ella las cadenas de interconexión crecerían, pero ello no ha ocurrido al menos no para las grandes masas de población precarizada  que pueblan las megaciudades y a quienes les resulta difícil encontrar las instituciones ciudadanas  encargadas de construir una ciudad plural de plena inclusión. La dinámica social y la subjetividad ya no son las que corresponden al Estado-nación.

El pasaje de Estado a mercado  implicó una pérdida de identidad, la que se da no sólo por la pertenencia territorial sino por compartir una moralidad y un pasado comunes. El concepto del “tiempo actual” está vinculado a una “secuencia narrativa” suspendida. La anterior era aquella en la que las circunstancias se anudaban con cierto significado por lo cual las acciones de hoy están ligadas a los sucesos por venir. El mercado no impone un orden simbólico articulador; libra  a cada cual a su propia iniciativa y capacidad y allí es donde el Estado se convierte en mero administrador de esos efectos.

Surge la pregunta: ¿cómo transitan esta situación las mujeres en las ciudades? ¿Cómo construyen su identidad como trabajadoras o ciudadanas?[10] ¿Cuál es el desenvolvimiento del cuerpo de mujer en el espacio urbano contemporáneo? ¿A qué cuerpo de mujer “actora” del siglo XXI me estoy refiriendo?

Las de altos ingresos  que representan el 10 % de la población argentina y se llevan el 38,6 % de la renta, viven en medio del confort, el glamour y el hedonismo que brinda la arquitectura y las “amenities”  de alto costo. Sus cuerpos sometidos a todo tipo de “intervenciones”: estéticas, plásticas, disciplinadoras, -aquellas que proponía la naciente “moda” del siglo XVII y que en la “experticia” de nuestros técnicos ha traspasado fronteras impensadas para lograr el bello cuerpo que exige el canon de una sociedad poderosa y androcéntrica que vive su tiempo en espacios urbanos privados, con las comodidades del espacio público y donde sus cuerpos están a salvo de todo peligro. Son los que contratan nuestros “creativos publicistas” como “rubias-anoréxicas-siliconadas” expresión descalificadora como pocas ya que estigmatiza lo mismo que promueve. [11]

O bien las mujeres urbanas de  “clase media” que -representan un colectivo bastante diverso- aún aferradas a los valores propios de su clase: reconocen como válida la división público-privado, productivo-reproductivo, los esquemas propios del patriarcado pero en la estética de sus cuerpos y en sus vidas están produciendo un vuelco interesantísimo animándose a lo que se podría llamar “creación de ciudadanía” y plena participación de lo vivencial y cultural del espacio público.

Y las mujeres de los colectivos urbanos “excluidos” que viven en el hábitat de la pobreza: asentamientos precarios, “slums”, villas miseria, favelas, cantegriles, bohíos, callampas, chabolas; conventillos, hoteles: las “piqueteras”, “cartoneras”, migrantes y de pueblos originarios, prostitutas; colectivo “empobrecido” gay-lésbico, travesti, transexual, transgénero, bisexual, intersexual, -GLTTTBI- que tienen en común básicamente, bajísimos ingresos.

Sus cuerpos sobreviven con un grado de deterioro y promiscuidad física alarmantes. Pero han resignificado el espacio público. Lo reconocen como su “lugar de realización”: lo viven y lo usan como propio. Son las que gritan que los cuerpos de las mujeres no pueden ser más usados, humillados, violados  y luego acusados de provocar la humillación sufrida. Exigen la visibilidad de sus cuerpos para alcanzar la categoría de sujeto, tan negada anteriormente.

¿Qué dicen las mujerespiqueteras? Señala Carla, “A las mujeres nos cuesta hablar en público, parece que necesitamos permiso de nuestros compañeros…. Y agregan, nosotras también “ponemos el cuerpo”, nos falta poner la voz”…

La identidad de las “cartoneras”, al revés de las “piqueteras” pertenece más al fenómeno  social que al político, pero al contrario de las otras invisibilizan su cuerpo y el de sus hijas para evitar el rechazo social.

Otro colectivo marginalizado, las lesbianas, ha preferido adaptarse al silencio impuesto por una sociedad donde la sexualidad natural es la heterosexual. Han preferido la semipenumbra de sus cuerpos; aunque en los últimos 20 años ha salido a pelear por sus derechos. Dice Adrienne Rich, poeta y filósofa, feminista y lesbiana -Página 12.- LAS/12. “Piedra Libre” por Sonia Tessa. 9 de julio, 2004 “La heterosexualidad se está reconstruyendo todos los días, en toda la publicidad, en todas partes”. “La sexualidad es política, es mentira que pertenezca al ámbito privado… la existencia lesbiana es un cuestionamiento de esa construcción social”.  Para las lesbianas “ser visibles es existir”. [12]  [13]

Los pueblos originarios poseen identidad cultural, lengua y narrativas comunes; pero lo real es que circunscriben a la mujer a lo mítico-ritual: reproducción y al trabajo no rentado y su cuerpo sufre penurias, descuido y abusos.

Y las mujeres con “capacidades diferentes”, transitorias o permanentes, que tienen limitaciones para un regular desempeño físico y ocupacional y que en algún momento nos incluye a todas, afecta nuestros cuerpos con diferentes grados de sufrimiento porque no hay políticas públicas que faciliten la “accesibilidad” en nuestras ciudades. Por ello hay que exigir la “igualdad de oportunidades” para componer una ciudad sostenible, sin exclusiones.

Y finalizo creyendo, que estos grupos urbanos que “ponen el cuerpo” en su diario trajinar en la ciudad tratan de proponer ideas para la construcción de lugares urbanos  “simbióticos”, -que articulen poder político y sociedad civil- y “simbólicos”, -que integren culturalmente y brinden identidad colectiva a todos/as los/as que participan-. Es labor de las dirigencias darles herramientas para que logren enhebrar las dimensiones ambientales y de sustentabilidad en una ciudad para todos y todas donde puedan ejercitar plenamente sus derechos. Porque de eso se trata, de derechos humanos….

 

 

BIBLIOGRAFÍA

- AMAI-GCBA. (2003) Género y Ciudad. Edición GCBA. Buenos Aires.

- Borja, Jordi y Castells, Manuel.  (1997) Local y GlobalLa gestión de las ciudades en la era de la información. Taurus

- Borja, Jordi y Castells, Manuel.  (1997) Local y GlobalLa gestión de las ciudades en la era de la información. Taurus

- Fernández, Ana M. (2000) La Mujer de la ilusión. Pactos y contratos entre hombres y mujeres.

- Mumford Lewis.  (1959)  La cultura de las ciudades. Emecé Editores. Buenos Aires.

Nota: el presente trabajo se complementa con un PowerPoint con numerosas imágenes alusivas al mismo.

 

 

* CURRICULUM VITAE ABREVIADO

                                                                                                                                                                                                                                                                          

 

 MARTHA ALONSO VIDAL, Argentina; DNI 3722506. Arquitecta, Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo; Universidad de Buenos Aires, -FADU, UBA- (1965). Especialista Superior en Ciencias Sociales, Género y Políticas Públicas, PRIGEPP; Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, -FLACSO- (2003).

CAMPO de ACCIÓN PROFESIONAL: Coordinación de grandes proyectos de obras civiles desde el impacto ambiental hasta la concreción constructiva, en consultoría y organismos gubernamentales internacionales, entre otros cargos, Gerente de Estudios y Proyectos de CTM, Salto Grande, organismo binacional argentino uruguayo (1976-1991)

Directora de estudio de arquitectura que realizó proyecto y dirección de más de 100 obras en Buenos Aires, Mar del Plata y Córdoba, Argentina (1966-1996).

EX DOCENTE en diversas cátedras de la FADU, UBA y de la FAU, Universidad de Belgrano, -UB- y Universidad Tecnológica Nacional, -UTN-; Instituto de Formación Cultural y Política HANNAH ARENDT; Buenos Aires, Argentina. (1966-2006)

INVESTIGADORA en temas de “género”, urbano-ambientales, ecología y arte en FADU-UBA-AMAI-GCBA. (2000-2007) y de evaluación ambiental estratégica, -EAE- Instituto de Medio Ambiente y Ecología, Universidad del Salvador, -USAL-. Miembro de equipos interdisciplinarios autores de EAE: Caso “Mataderos” y “Parque Tres de Febrero” de BA, Argentina. (1999-2007).

DIRECTORA del equipo interdisciplinario que desarrolla el proyecto ARTE URBANO: El concepto de arte visual y el enfoque social en comunidades urbanas globalizadas. (2006-08)

COAUTORA de “Género y Ciudad” Indicadores Urbanos de Género, (2003); de “Género y Arquitectura Judicial” (2007) y de diversas publicaciones en diarios y revistas nacionales e internacionales, (2003)

PRESIDENTA y fundadora de AMAI, Mujeres Arquitectas e Ingenieras. (2000-2007).

VICEPRESIDENTA del Consejo Plan Estratégico, 2010, Buenos Aires Futuro, -CoPE-. (2006-08) y Miembro Titular de CoPE.  (2004-08)

Entre otras distinciones, la otorgada por el Comité Consultivo Permanente de los Encuentros Iberoamericanos de Mujeres Arquitectas, Ingenieras y Agrimensoras, "Por el aporte al desarrollo técnico profesional en Iberoamérica".  La Habana, CUBA.  08.06.07.

mav@arnet.com.ar                                                           www.arquitectura.com/amai

                                            

 


 

[1] GLOBALIZACIÓN: investigadores/as consideran al fenómeno globalizador como puramente contemporáneo, pero Nayan Chanda “Bound Together: How Traders, Preachers, Adventures and Warriors Shaped Globalization” lo define “como tan viejo como la humanidad misma e igual de complejo e impredecible. Se ha manifestado por milenios sin siquiera tener un nombre y como proceso histórico ha enhebrado lugares, individuos y sociedades vinculándolos desde muy remotos tiempos”. TIME Magazine, Agosto 20, 2007, “Desde los viejos tiempos la globalización se instaló mucho antes que a nadie se le ocurriese denominarla así”. Ishaan Tharoor comentando el libro de Nayan Chanda.

[2]  -Colectivo de mujeres académicas feministas- (2004) Madrid, España.

 Pasaron algunos años antes que se aceptara que “género” era el término más preciso para aludir a  las relaciones entre hombres y mujeres, las cuales marcaban para ellas, un signo más en el abanico de desigualdad social. Y debió pasar otro tiempo para que los especialistas en desarrollo, planificadores y diseñadores de políticas reconocieran que si el concepto no involucraba solamente crecimiento económico sino también redistribución, bienestar y democracia, un sector de la población quedaba al margen de esos beneficios. La importancia y la necesidad que los programas y proyectos de desarrollo tengan una perspectiva de género, han convertido el tema, su estrategia y metodología en un asunto de preocupación para el conjunto de los actores que confluyen en el proceso. ( Barrig, Maruja  (2002) “El género en las instituciones: Una mirada hacia adentro”. Ed. PRIGEPP. FLACSO.

[3]  De Barbieri Teresita. Certezas y Malos Entendidos Sobre la Categoría de Género. En Estudios Básicos de Derechos Humanos, Guzmán y Pacheco (comps) San José, Costa Rica, 1996.

[4] Patentan, C. Documento PRIGEPP. FLACSO 2002. “Firestone reduce la relación entre naturaleza y cultura o entre privado y público a una oposición entre femenino y masculino. Sostiene que el origen del dualismo reside en la propia biología y en la propia procreación”, “una desigualdad natural u original que es la base de la opresión de las mujeres y la fuente del poder masculino”.

[5]  Rocío Silva Santisteban “La Construcción del Sexo” (Leyendo a Laqueur)

“A través de una investigación histórica, basada en las descripciones y análisis del cuerpo realizadas por médicos y anatomistas pero también en investigaciones sobre el soporte imaginario de lo corporal, el historiador Thomas Laqueur desarrolla la hipótesis de que el sexo, en un primer momento, se construyó a partir del género, es decir, que el sexo fue apenas un epifenómeno del género que sería lo “real”. Laqueur hace evidente que las diversas lecturas del cuerpo a lo largo de la historia son interpretaciones del mismo desde los atavismos culturales que moldearon los patrones de identificación de género”… “El hecho de que en un momento dado el discurso dominante interprete los cuerpos masculino y femenino de forma jerárquica, verticalmente, como versiones ordenadas de un sexo y que en otro momento lo haga como opuestos ordenados horizontalmente, sin posibilidad de medida, ha de depender de algo distinto a la gran constelación de descubrimientos reales o supuestos” (Laqueur, 1994: 31).

[6] Este mismo período de la historia, -mediados de 1500-  muestra excepciones de naturaleza notable: Elizabeth I de Inglaterra, “Queen Bess”, adorada por su pueblo, que conformó lo más alto del imperio británico, dueña de una educación exquisita le puso literalmente el cuerpo a la política y salió triunfante. Si el concepto de las feministas “lo personal es político” es verdadero, ella también hizo cierto la inverso “lo político es personal”. Mantuvo sobre su cuerpo y sus actos el mayor de los controles y privacidad, negándose a aceptar marido y ejercitando su sexualidad a su antojo. Algunos/as la consideran  la primera feminista. Mervin, Sabrina y Prunhuber, Carol. (1990) Women. Around the World and Through the Ages. Ed. Atomium Books Inc.

 [7] El derecho es uno de los sistemas normativos más poderosos para el disciplinamiento de hombres y mujeres, en un determinado tipo de convivencia. Su fuerza simbólica radica en un sistema de legitimidades que facilita la aceptación de sus postulados normativos a las y los ciudadanos. La fuerza, como recurso válido ante la subversión de orden sexual, social, económico y político patriarcal, una cultura que hasta ahora es excluyente y discriminadora de la diferencia, en particular de aquella que constituimos las mujeres”[7] señalan con acierto Alda Facio y Lorena Fries y este concepto puede aplicarse por extensión al campo del urbanismo. Facio, A., Fries, L. (1999) “Género y Derecho”, Editorial LOM, Santiago de Chile.

[8] Cita expresada durante el dictado del Seminario “Filosofía Política Feminista” (2005) Instituto de Formación Cultural y Política: Hannah Arendt, Buenos Aires, Argentina.

[9] La globalización ha trastornado la percepción del tiempo y del espacio. El aquí y ahora sufre dos rupturas: en el espacio por la conexión que tenemos con los lugares más lejanos y en el tiempo por la instantaneidad de las comunicaciones. Es verdad que en el mundo existen agujeros donde comunidades enteras apenas son rozadas por la globalización o sólo conocen sus consecuencias negativas por lo que se encierran en particularismos culturales, etnias, religiones, tribus, sectas, que provocan luchas sangrientas, tal como ocurre en el África negra, en Medio Oriente y aún en los márgenes de Europa, en los Balcanes. Sebreli, Juan José. (2007) “Políticas para el nuevo mundo” “Mito y realidad de la globalización”. Diario PERFIL, publicado el 27.04.07

[10] AMAI + GCABA. (2003) Género y Ciudad; Indicadores Urbanos de Género. Ed. GCABA. Por su parte, Nancy Fraser propone una concepción bidimensional del género y la justicia, una cara político económica y otra cultural discursiva articuladas entre si. Considera el origen de la explotación tanto en el orden económico como en el cultural, donde la diferenciación de género es una construcción simultánea conformada por diferencias económicas, concepto que asimila al de clase o de patrones culturales establecidos, que vincula al de status. Ninguna de las dimensiones de la subordinación: “distribución y reconocimiento” es causa efecto de la otra pero están íntimamente relacionadas, por lo que acceder a la justicia de género, requiere modificar el orden económico al mismo tiempo que el del status. En su concepto “bidimensional” de la justicia introduce el de paridad de participación que permitiría a los adultos miembros de la sociedad interactuar como “pares” para lo cual es imprescindible crear condiciones que excluyan privación, explotación, desigualdades de riqueza, tiempo libre, pleno disfrute del espacio público, etc. La otra condición intersubjetiva es la igualdad de oportunidades en el terreno cultural, para obtener estima social enmarcada en la filosofía del “reconocimiento”. Su concepto de paridad es condición de interacción en igualdad de condiciones. (Alonso Vidal, M. (2002) op.cit.,  citando a Fraser  N. “Políticas feministas en la era del reconocimiento. Una aproximación bidimensional a la justicia de género”. (2002) Doc. PRIGEPP. Ed FLACSO.

 [11] Un importante matutino de Buenos Aires decía tiempo atrás que estas publicidades “degradan la belleza del cuerpo al exhibirlo como una mercancía !!!” no se referían a  la dignidad de la mujer ni al hecho de ser consideradas objeto sexual. Lo que sí hería era la “sensibilidad colectiva, la delicadeza y el buen gusto ciudadano”. Porque claro, “la libertad irrestricta se puede convertir en libertinaje cunado no sabe convivir en armonía con la moral y las buenas costumbres”; dando a entender que está bien que la mujer sea objeto, pero que por lo menos esté un poco vestida. Alonso, Martha. Conferencia H. Arendt Instituto. (2004)

[12]  “Las lesbianas sufrimos violencia por invisibilidad, por omisión, por condena y por exclusión” afirma Flores, dirigente gremial, en el citado artículo y agrega “La denigración es un lugar para apropiarse y relanzarlo con un sentido revulsivo, con el orgullo”…”la opresión no opera a través de actos de abierta prohibición, sino encubiertamente, a través de la producción de un dominio de lo impensable y de lo innombrable”.

 [13] El arte pictórico sigue invisibilizando a la pareja lesbiana. Antes fueron los cuerpos desnudos de “Diana y sus ninfas”; o el harem y sus odaliscas o la amistad entre amigas a principios del siglo XX. Los/as artistas contemporáneos que han tomado el tema del lesbianismo en el arte han transformado una experiencia subjetiva reducida a lo privado apropiándose de los aspectos simbólicos e introduciéndola en el imaginario colectivo, en lo público. Mostrándola, haciéndola visible le han dado categoría de sujeto tan negada anteriormente. Toda esta trayectoria implica una manera de ser y estar en el mundo que cuestiona los pilares de la sociedad patriarcal, la familia, el matrimonio, el patrimonio, etc.   Alonso, Martha en conferencia en IUNA. Jornadas temáticas “El Cuerpo” organizadas por Andrea Ostrov  (Noviembre 2005)

 

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